
«Sí pasa. Me pasa a mí.»
Hay días en los que decir «no pasa nada» también duele.
Durante mucho tiempo fui experta en decir que no pasaba nada.
Lo decía cuando sí pasaba. Cuando algo me dolía.
Cuando estaba agotada. Cuando por dentro no entendía ni siquiera qué me estaba ocurriendo.
Cuando necesitaba llorar, pero prefería sonreír.
Cuando necesitaba que alguien me preguntara de verdad cómo estaba, pero respondía automáticamente:
—Bien. No pasa nada.
Qué fácil es decirlo. Y qué difícil puede llegar a ser vivirlo. Porque a veces no decimos «no pasa nada» para tranquilizar a los demás. Lo decimos para convencernos a nosotros mismos.
Para poder levantarnos al día siguiente.
Para seguir cuidando de nuestros hijos.
Para seguir siendo pareja, madre, hija, amiga, trabajadora…
Para seguir funcionando cuando por dentro sentimos que estamos dejando de hacerlo.
Y quizá ese fue uno de mis mayores errores: pensar que mientras pudiera seguir adelante, significaba que estaba bien.
No.
A veces seguir adelante no significa estar bien.
A veces significa simplemente que no sabes cómo detenerte.
Yo también aprendí a esconder mis heridas detrás de una vida aparentemente normal.
Y cuando la tristeza se convirtió en algo demasiado grande para esconderla, entendí algo que hoy me parece fundamental:
No todo lo que duele tiene una herida visible.
Hay heridas que no sangran.
Hay cansancios que no se solucionan durmiendo.
Hay personas que sonríen mientras están librando una batalla que nadie conoce.
Y hay días en los que levantarte de la cama, ducharte y continuar con tu rutina puede ser un acto de valentía que nadie aplaude porque nadie sabe lo que te ha costado.
Por eso hoy intento no decir tan rápido «no pasa nada».
Hoy, cuando algo me duele, intento escucharlo.
Cuando estoy cansada, intento permitirme estarlo.
Cuando necesito ayuda, intento pedirla.
Y cuando no estoy bien, intento no sentir vergüenza por reconocerlo.
Porque durante mucho tiempo pensé que ser fuerte significaba poder con todo.
Ahora sé que también es fuerte quien reconoce que no puede más.
Quien se permite parar. Quien pide ayuda.
Quien deja de fingir. Quien se mira al espejo y, en lugar de decir «no pasa nada», se atreve a decir:
«Sí. Está pasando. Y necesito cuidarme.»
Quizá sanar no consiste en conseguir que nunca vuelva a doler. Quizá consiste en dejar de esconder aquello que duele.
En aprender a escucharnos antes de rompernos.
En entender que no tenemos que demostrar constantemente que podemos con todo.
Porque yo no me rompí del todo.
Pero hubo momentos en los que estuve muy cerca.
Y hoy, cuando miro atrás, sé que una parte de reconstruirme fue precisamente dejar de decir que no pasaba nada.
Porque sí pasaba.
Me estaba pasando a mí.
Y esta vez decidí escucharme.




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