Viajar después de años de encierro: Salou, PortAventura y recordar cómo se vive.
- Maria Timiraos
- hace 5 días
- 4 min de lectura
Si alguien hubiera visto nuestras fotos de estos días en Salou probablemente habría pensado: “Qué vacaciones tan bonitas.”
Y sí, lo han sido.
Pero las fotos nunca cuentan toda la historia. No cuentan que antes de salir de viaje dudé varias veces si sería capaz. Que hacer una maleta, organizar a los niños, horarios, calor, ruido, colas… para muchas personas es simplemente preparar unas vacaciones. Para alguien que ha pasado por una depresión y una ansiedad tan fuerte como la mía, durante mucho tiempo fue algo que parecía una montaña imposible de subir.
Hace no tanto, habría buscado cualquier excusa para no ir.
Habría pensado que no iba a disfrutar. Que me iba a encontrar mal. Que acabaría estropeando el viaje a los demás. Y ese pensamiento duele mucho más cuando eres madre.
Porque no quieres que tus hijos recuerden una infancia llena de “mamá no puede”, “mamá está cansada”, “mamá necesita quedarse en casa”.
Ellos solo quieren que estés. Y cuando estás enferma, aunque pongas todo de tu parte, a veces simplemente no puedes.
Por eso este viaje ha significado mucho más que unos días de vacaciones. Ha sido una prueba de todo lo que he avanzado.
No porque haya estado bien todo el tiempo. Porque no ha sido así. Hubo momentos en los que me sentí pequeña otra vez. Momentos en los que había demasiado ruido. Demasiada gente. Demasiados estímulos.
Momentos en los que mi cabeza empezaba a saturarse y notaba esa sensación tan conocida de querer desaparecer un rato. No porque no quisiera estar allí. Todo lo contrario. Quería disfrutar. Quería reírme.
Quería mirar a mis hijos mientras disfrutaban de PortAventura con esa ilusión que solo tienen ellos.
Pero mi cuerpo, a veces, todavía funciona de otra manera.
Y hay personas que no entienden eso. Creen que cuando sales de casa ya estás curada.
Que si sonríes en una foto ya todo pasó. Que si eres capaz de viajar, entonces ya no existe la ansiedad ni la depresión.
Ojalá fuera tan sencillo. La recuperación no consiste en dejar de sentir miedo, sino en aprender a caminar con él sin dejar que decida por ti.
Eso es lo que hice estos días.
Hubo momentos en los que me habría ido al apartamento a encerrarme, en los que mi cabeza me decía que ya había tenido suficiente.
Que necesitaba silencio, parar…
Y, sin embargo, miraba a mi marido.
Miraba a mis hijos. Y encontraba una fuerza que no sé muy bien de dónde sale.
No lo hacía porque me obligaran. Lo hacía porque me negaba a volver a perderme otro recuerdo con ellos.
Porque durante demasiado tiempo la enfermedad ya me había robado demasiadas cosas. No quería que también me robara esta.
A veces pienso que quienes no han vivido una depresión no pueden imaginar el esfuerzo tan enorme que supone algo que para otros es completamente normal:
Caminar por un parque lleno de gente.
Esperar en una cola.
Comer fuera.
Dormir en otro sitio.
Cambiar de rutina.
Son pequeñas cosas que, cuando tu cerebro lleva años sobreviviendo, consumen una energía inmensa.
Y, aun así, allí estaba. No perfecta.
No llena de energía. No feliz las veinticuatro horas.
Simplemente… presente.
Y eso ya es muchísimo.
Cuando volvimos a casa ocurrió algo que ya me esperaba.
Necesité dos días para recuperarme.
Dos días prácticamente sin hacer nada.
Sin planes. Sin ruido. Sin conversaciones.
Como si mi cabeza necesitara apagar todas las luces después de haber estado encendidas durante demasiadas horas.
Antes me habría sentido culpable.
Habría pensado:
”¿Qué me pasa?”
”¿Por qué soy así?”
”¿Por qué los demás vuelven de vacaciones y yo necesito descansar de las vacaciones?”
Ahora ya no.
Ahora entiendo que mi cerebro sigue necesitando más descanso.
Y está bien.
No significa que haya retrocedido.
No significa que vuelva a estar deprimida.
Significa que todavía estoy sanando.
Y sanar también es escuchar el cuerpo cuando pide parar.
Hubo un momento durante el viaje en el que tuve un pensamiento que me emocionó.
Pensé:
“Se me estaba olvidando cómo se vive.”
Porque eso es lo que hace la depresión. No solo te quita la alegría. Te hace olvidar quién eras.
Olvidas cómo era ilusionarte por un viaje. Cómo era hacer una maleta con ganas; levantarte pensando en todo lo que ibas a hacer ese día.
Olvidas reírte sin preguntarte cuánto iba a durar esa risa; mirar a tus hijos y sentir que, por fin, estás realmente con ellos y no atrapada dentro de tu cabeza.
Durante mucho tiempo viví sobreviviendo.
Y creo que estos días, entre montañas rusas, chapuzones, helados, cansancio, risas y algún momento de lágrimas silenciosas, he recordado un poquito cómo era.
No ha sido un viaje perfecto. Ni falta que hace.
Ha sido un viaje real. Como mi recuperación.
Con momentos de luz y momentos de sombra.
Si hace unos años alguien me hubiera dicho que iba a estar caminando por PortAventura con mi familia, probablemente habría llorado pensando que era imposible.
Hoy he vuelto.
Y eso, aunque para muchos sea un viaje más, para mí es una victoria enorme; porque, poco a poco, estoy dejando de permitir que la depresión y la ansiedad decidan por mi.
Y si alguien que está leyendo esto siente que ahora mismo no puede ni imaginarse haciendo un viaje, saliendo a cenar o disfrutando de un día con su familia, quiero decirle que yo también pensé que nunca volvería a hacerlo.
Y aquí estoy.
No completamente curada, pero viviendo mucho más de lo que creía posible.
A veces necesitando dos días para recuperar la batería. Pero viviendo.
Y, después de todo lo que he pasado, eso ya es un regalo inmenso.




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