Cuando la ansiedad intenta decidir por ti.
A veces la ansiedad intenta vencerte, pero no tiene por qué ganar
Ayer, antes de ir a la presentación de mis libros en As Pontes, hubo un momento en el que pensé que no iba a poder. Estuve prácticamente toda la tarde metida en la cama. Sin ganas de levantarme. Sin ganas de arreglarme, ni de hablar con nadie.
Sin ganas, incluso, de verme a mí misma.
Mi cabeza iba a mil por hora y, como tantas otras veces, la ansiedad empezó a hacer de las suyas.
Me decía que no podía. Que era mejor quedarme en casa. Que no tenía sentido ir así.
Y lo peor es que, cuando estás dentro de ese estado, esas voces parecen tener razón.
No las escuchas como pensamientos. Las sientes como verdades.
Llegó un momento en el que estuve a punto de rendirme. Pensé: «No voy a ir. No puedo.»
Lo más fácil habría sido quedarme en la cama.
Pero me levanté a pesar de no encontrarme bien.
Me arreglé como pude y fui.
Y llegué allí todavía con ese nudo dentro. Todavía con esa sensación oscura que me había acompañado durante toda la tarde. Esa sensación que me hacía pensar que no valía para nada, que no estaba haciendo las cosas bien, que quizá todo lo que había construido no era suficiente.
Pero entonces empecé a hablar.
Y empecé a mirar a las personas que estaban allí.
Y algo cambió. La ansiedad no desapareció de repente, pero si mi perspectiva, porque muchas veces olvido cuando estoy mal que yo sí valgo.
Ayer entendí, una vez más, que un día malo no define quién soy. Una tarde en la cama no borra todo lo que he conseguido. Una recaída no significa que haya vuelto al punto de partida.
Y sentirme débil no significa que sea débil.
A veces la ansiedad intenta convencernos de que lo mejor es parar, escondernos y no enfrentarnos a nada. Y hay momentos en los que necesitamos descansar, por supuesto. Pero también hay otros en los que necesitamos hacer ese pequeño esfuerzo de levantarnos, aunque sea sin fuerzas, y dar un paso
.
Ayer mi paso fue vestirme y salir de casa.
Después vino otro: llegar a As Pontes.
Y después otro: ponerme delante de la gente y hablar.
Y, casi sin darme cuenta, aquel día que había comenzado sintiéndome completamente perdida terminó regalándome algo que necesitaba recordar: No siempre puedo elegir cómo me siento, pero sí puedo intentar decidir qué hago con lo que siento.
No se trata de luchar contra la ansiedad a todas horas, ni de obligarnos a estar bien.
No se trata de fingir, sino de decir:
«Hoy no estoy bien, pero voy a intentarlo.»
«Hoy tengo miedo, pero voy a dar un paso.»
«Hoy mi cabeza me dice que no puedo, pero voy a comprobar si realmente es verdad.»
Y algunas veces podremos. Otras no…
Un mal día no significa una mala vida.




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