top of page
Buscar

“No me rompí del todo”

Actualizado: 12 abr

La salud mental no empezó a importarme cuando fui adulta. Empezó a dolerme cuando era niña.


Durante años me dijeron —o me hicieron sentir— que había cosas que debía aguantar. Que eran etapas. Que eran bromas. Que eran cosas de colegio. Pero no eran solo cosas de colegio.

Eran miradas que te hacen pequeña. Risas que te enseñan a desconfiar. Silencios que aprendes a tragarte para no destacar más.


Y cuando eres niña no sabes ponerle nombre.

Solo sabes que algo dentro se encoge.


Con el tiempo creces. Estudias. Trabajas. Formas una familia. Pareces fuerte.


Pero lo que viviste en esos pasillos, en esos recreos, en esa adolescencia donde querías encajar… no desaparece porque cumplas años.

Se transforma. En inseguridad. En hipervigilancia. En necesidad de aprobación. En miedo a no ser suficiente.


Hoy puedo decirlo con calma: la salud mental se empieza a construir —o a fracturar— en la infancia. Por eso hablo de ello. No para señalar.

No para remover el pasado. Sino para recordar que los niños no tienen herramientas para defenderse del daño emocional. Y lo que no se cuida entonces, se arrastra después.


Muchos adultos que hoy intentamos recomponernos fuimos niños que aprendimos a sobrevivir en silencio.

No escribo desde el rencor. Escribo desde la conciencia.


Porque si hoy tengo voz, quiero usarla para algo:

Para recordar que lo que pasa en un aula no se queda en un aula. Y que proteger la salud mental de nuestros hijos no es exagerar.

Es prevenir futuros adultos rotos intentando reconstruirse.


Yo no me rompí del todo.

Pero no todos tienen esa misma suerte.

 
 
 

Comentarios


bottom of page