top of page
Buscar

Sobrevivir.

Actualizado: 12 abr

A veces me pregunto qué se siente vivir. Pero vivir de verdad. No esta versión que me ha tocado, esta forma de existir a medias.

Porque lo mío no es vivir, es resistir. Es abrir los ojos cada mañana y sentir que ya voy tarde para algo que ni siquiera sé qué es.


Es empezar el día cansada, como si dormir no sirviera de nada, como si el descanso fuera un lujo que mi cabeza no se puede permitir. Es respirar… pero con peso. Con ese nudo constante en el pecho que no se va, que no se suelta, que no descansa.

Vivo con la sensación de que algo malo va a pasar.

Siempre.


Como si la calma fuera una trampa. Como si cuando todo parece estar bien, en realidad solo fuera el silencio antes de otro golpe.


Y eso agota. Agota más que cualquier problema real. Porque no solo cargo con lo que pasó,

cargo con lo que podría pasar. Con lo que temo. Con lo que imagino. Con lo que mi mente no deja de repetir.

Estoy cansada de vivir en alerta. Cansada de analizarlo todo. Cansada de prepararme para lo peor como si así pudiera evitarlo.


No quiero seguir siendo fuerte todo el tiempo. No quiero seguir siendo la que puede con todo. No quiero seguir sobreviviendo a días que no me aportan nada. Porque sobrevivir no es vivir. Es aguantar. Es tragarte lo que duele. Es sonreír cuando no puedes más. Es seguir cuando por dentro estás rota.


Y nadie lo ve.


Nadie ve el esfuerzo que hay detrás de cosas tan simples como levantarte, como responder un mensaje, como fingir que estás bien. Porque sí,

a veces fingir también cansa más que llorar.


No quiero una vida perfecta. Quiero algo mucho más simple y mucho más difícil: Quiero paz.


Quiero un día sin lucha interna. Un día sin ruido en la cabeza. Un día sin miedo. Sin esa sensación de que tengo que sostenerlo todo porque si no, sin mi, todo se cae. Quiero despertarme

y no sentir que estoy empezando otra batalla. Quiero respirar y que no duela. Porque ahora mismo no estoy viviendo. Estoy sobreviviendo a mi propia vida.


Y lo peor no es el cansancio. Lo peor es no recordar cómo se siente vivir sin este peso. Y lo más duro de todo esto… es que no empezó ayer.

No es un mal día. No es una mala racha.

Es algo que viene de lejos.

De mucho más atrás de lo que la gente imagina.


Porque hay heridas que no se ven, pero te enseñan a vivir en guerra.

Yo no aprendí a vivir. Aprendí a resistir.

Aprendí a callarme lo que dolía para no molestar.

Aprendí a hacerme fuerte demasiado pronto, cuando en realidad lo que necesitaba era que alguien me sostuviera a mí. Aprendí que la tranquilidad no duraba. Que lo bueno se rompía.

Que el amor podía doler más que sanar.


Y cuando creces así… no sabes descansar.

Tu cuerpo está en el presente, pero tu mente sigue atrapada en todo lo que sobreviviste. Por eso ahora, aunque todo esté en silencio, yo sigo escuchando ruido.

Aunque no pase nada, yo sigo esperando que pase.

Aunque nadie me esté haciendo daño, yo sigo defendiéndome. Porque hay batallas que se quedan dentro. Y no terminan cuando todo acaba.


Siguen contigo. En tu forma de pensar. En tu forma de sentir. En tu forma de vivir.

Y nadie te prepara para eso.

Nadie te explica que después de sobrevivir…

también hay que aprender a vivir.


Que salir de algo no significa estar bien.

Que seguir adelante no significa haber sanado.

Y yo seguí. Claro que seguí.

Pero seguí rota. Seguí cansada.

Seguí con una mochila que pesaba demasiado

para alguien que solo quería estar en paz.


Durante mucho tiempo pensé que simplemente yo era así. Que estaba hecha para aguantar.

Que vivir con ansiedad, con miedo, con ese vacío…

era lo normal. Hasta que entendí algo que me cambió por dentro:

No estaba loca. Estaba herida.

Y nadie me había enseñado qué hacer con eso.


Por eso escribí. No por valiente. No por fuerte.

Escribí porque ya no podía seguir guardándolo todo dentro.

Porque había demasiadas cosas sin decir. Demasiadas heridas sin nombre.

Demasiados silencios que me estaban rompiendo por dentro.


Escribí para sacarlo. Para entenderlo. Para no ahogarme en lo que nunca dije.


Y sin darme cuenta, esas palabras se convirtieron en algo más. Se convirtieron en mi historia.

Una historia que no es bonita, ni cómoda.

Pero es real.


Tan real como este cansancio. Tan real como esta forma de sobrevivir que muchos entienden aunque no lo digan en voz alta.


Porque si has sentido esto… si has vivido en ese modo automático de aguantar… si sabes lo que es estar rota por dentro y seguir funcionando por fuera. Entonces ya sabes de qué hablo. Y también sabes algo más: Que no eres la única persona que vive así.


Por eso decidí no callarme más.Porque a veces lo único que necesitamos no es que nos arreglen…

es sentir que alguien ha pasado por lo mismo y ha sido capaz de ponerle palabras.


Mi libro no es una solución. No es un final feliz.

Es un espejo de todo lo que no se cuenta. De todo lo que se esconde. De todo lo que duele aunque nadie lo vea.

Y quizá no te cambie la vida. Pero puede hacer algo igual de importante: puede hacerte sentir menos sola.

Y si has llegado hasta aquí… quizá no sea casualidad. Quizá hay algo de todo esto

que también vive dentro de ti. Algo que no sabes cómo explicar. Algo que has intentado callar.

Algo que pesa… aunque no se vea.

Yo tardé mucho en ponerle palabras a todo eso.

Demasiado. Pero cuando lo hice,

dejé de sentirme tan sola.

Por eso existe mi libro. No para enseñarte nada.

No para decirte lo que tienes que hacer.

Sino para acompañarte. Para que, si alguna vez te has sentido así, tengas un lugar donde reconocerte

sin tener que explicarte.


Y si en algún momento sientes que necesitas eso…

ese tipo de compañía que no juzga, que no exige, que solo entiende…

Entonces quizá este sea tu momento de leerlo.

Sin prisa. Sin presión. Solo cuando lo necesites.


María Timiraos 🤍


 
 
 

Comentarios


bottom of page