top of page
Buscar

Nadie te habla de esto después de ser madre. 2024/2025

Actualizado: 13 abr

Hay algo de lo que casi nadie habla. Y cuando se habla… se hace bajito. Como si diera vergüenza.

De la depresión postparto. Porque se supone que cuando nace tu hijo, tienes que ser feliz. Estar radiante, agradecida, sentirte completa…

Pero… ¿y si no es así?

¿Y si en lugar de luz, sientes oscuridad?

¿Y si en lugar de plenitud, sientes vacío?

¿Y si en lugar de alegría… sientes tristeza?


Entonces aparece la culpa. Una culpa que no te deja respirar. Que te hace sentir mala madre. Que te hace cuestionarte todo.

Porque tienes a tu hijo delante… y lo quieres.

Claro que lo quieres. Pero al mismo tiempo…

no estás bien.

Y eso te rompe por dentro.

Nadie te prepara para eso. Para llorar sin saber por qué. Para sentirte sola incluso con tu bebé en brazos. Para mirarte al espejo y no reconocerte.


Nadie te dice que puedes sentirte desbordada.

Que puedes tener pensamientos que te asusten.

Que puedes necesitar desaparecer un rato…

aunque eso te haga sentir la peor persona del mundo. Y entonces callas.

Callas porque no quieres que te juzguen.

Callas porque crees que deberías poder con todo.

Callas porque “otras pueden”… y tú no entiendes por qué a ti te cuesta tanto.


Pero esto no va de poder o no poder.

Va de salud mental. Va de hormonas. Va de cansancio extremo. Va de un cambio brutal que te atraviesa entera.

Y no, no eres débil. Estás sobrepasada.

Y sí… se puede amar a tu hijo con todo tu corazón

y al mismo tiempo sentirte perdida.

Las dos cosas pueden convivir. Aunque nadie te lo haya explicado así.


La depresión postparto no siempre se ve. No siempre es alguien que no cuida. A veces es alguien que cuida… mientras se rompe por dentro.

A veces es una madre que sonríe hacia fuera

y llora cuando nadie la ve. A veces es seguir adelante… sin saber muy bien cómo.

Y lo más peligroso de todo es el silencio. Porque cuando no se habla, parece que eres la única que lo sufre.

Y no lo eres.

Hay muchas mujeres sintiéndose así ahora mismo.

Pensando que algo está mal en ellas. Cargando con una culpa que no les pertenece.


Por eso escribo esto. Para decirte que no estás sola. Que lo que te pasa tiene nombre.

Y que se puede pedir ayuda. Que no tienes que poder con todo. Que no tienes que romperte en silencio.

Y que ser madre… no debería doler así.


¿Cómo me di cuenta de que no estaba bien?

No fue de golpe. Nadie se levanta un día y dice:“tengo depresión postparto”. Ojalá fuera así de claro.

En mi caso fue poco a poco. Tan poco a poco… que al principio no lo vi.

Solo sabía que algo no encajaba. Se suponía que tenía que estar bien. Había tenido a mi hijo.

Todo el mundo me decía lo mismo: “disfrútalo, es la mejor etapa de tu vida”.

Y yo… asentía. Pero por dentro no era así.

Empecé a sentirme rara. Distante.

Como si estuviera viviendo algo que no terminaba de sentir como mío.

Lloraba… y muchas veces no sabía ni por qué. Otras veces sí lo sabía, pero me parecía absurdo sentirlo.

Me repetía: “no tienes motivos para estar así”.

Y aun así… lo estaba.


Recuerdo el cansancio extremo. Pero no solo físico.

Era un cansancio que me atravesaba entera.

Mental. Emocional. Como si todo me pesara el doble. Había días en los que lo hacía todo:

cuidar, atender, estar… y aun así sentía que no estaba siendo suficiente.

Nunca suficiente.

Y ahí empezó algo que no supe identificar al principio: la culpa.

Culpa por no disfrutar como “debería”. Culpa por sentirme desbordada. Culpa por necesitar parar.

Culpa por no reconocerme.

Porque sí… hubo un momento en el que dejé de reconocerme.

Me miraba y pensaba: “¿dónde estoy yo en todo esto?”

Y eso asusta. Pero lo que más me hizo darme cuenta no fue la tristeza. Fue la soledad.

Sentirme sola… incluso acompañada. Y otras muchas veces dejada de lado por gente de la que esperas otro tipo de apoyo.

Sentir que no podía decir en voz alta lo que me pasaba me mataba. Sentir que si lo decía… alguien pensaría que no quería a mi hijo me avergonzaba.


Y eso no era verdad. Porque lo quería… Mucho.

Pero yo… no estaba bien. Y tardé en aceptarlo.

Tardé en dejar de minimizarlo, tarde en dejar de exigirme estar bien todo el tiempo.

Hasta que un día… dejé de poder sostenerlo todo como si nada.

Y ahí lo vi… No estaba bien. Y reconocerlo no fue una derrota.

Fue el principio.El principio de empezar a entenderme. De dejar de culparme.

De empezar, poco a poco, a salir.

Porque sí… se sale.


Pero el primer paso es dejar de fingir que todo está bien. Hay pensamientos que no se dicen.

No porque no existan… sino porque da miedo reconocerlos en voz alta.

Miedo a que te juzguen. Miedo a que no te entiendan. Miedo a que piensen que eres una mala madre.

Yo también los tuve.

Pensamientos que me avergonzaban. Que intentaba tapar. Que me repetía que no podían ser míos. Pero lo eran.

Recuerdo pensar:

“¿por qué no me siento como debería?”

“¿por qué no estoy feliz todo el tiempo?”

“¿qué me pasa?”


Recuerdo sentirme desbordada…hasta el punto de querer parar todo.

No porque no quisiera a mi hijo. Sino porque no podía más conmigo. Y eso es muy difícil de explicar.

Porque nadie te enseña que puedes amar profundamente… y aun así sentirte rota por dentro.


También pensé que algo estaba mal en mí.

Que otras podían y yo no. Que había algo defectuoso en mi forma de sentir.

Y esa idea… hace mucho daño.


Hubo momentos en los que quise desaparecer un rato. No estar. No sentir.

Solo silencio.

Y automáticamente después… la culpa. Una culpa que aprieta el pecho. Que te hace sentir la peor persona del mundo. Que te hace callar aún más.

Así funciona esto.

Piensas algo que te asusta. Te juzgas por pensarlo.

Te lo guardas. Y el silencio lo hace más grande.


Hasta que pesa demasiado.

Durante mucho tiempo me convencí de que eran solo pensamientos. De que se irían solos.

De que tenía que ser más fuerte.


Pero no. No era falta de fuerza.

Era falta de ayuda. Porque nadie debería pasar por esto sola. Nadie debería sentirse así y además cargar con la vergüenza de no poder decirlo.

Por eso escribo esto.

Porque sé que alguien puede estar leyendo y pensando: “esto me pasa a mí… pero no puedo decirlo”.


Y quiero que sepas algo: Pensar cosas oscuras en un momento así no te define como madre.

No borra el amor que sientes. No te convierte en alguien horrible.

Te convierte en alguien que está sufriendo.

Y eso… necesita apoyo, no silencio.

Yo también tuve miedo de decirlo. De reconocerlo.

De romper la imagen de “todo está bien”.

Pero cuando lo hice… algo cambió. No todo de golpe. No mágicamente.

Pero dejó de ser un peso solo mío. Y eso ya fue un comienzo. Porque hay pensamientos que asustan… sí.

Hubo un momento en el que pensé que esto no se iba a ir nunca.

Que esa tristeza iba a quedarse conmigo. Que esa sensación de vacío iba a ser mi nueva forma de vivir. Que yo… ya no iba a volver a ser yo.

Y cuando estás ahí… no ves salida.

No porque no quieras, sino porque no puedes imaginarla.

Pero salir… no empezó como yo esperaba.


No fue un día despertándome bien. No fue una decisión firme de “hasta aquí”.

Fue algo mucho más pequeño. Más frágil. Más humano.

Empezó cuando dejé de fingir. Cuando dije (aunque fuera en voz baja): “no estoy bien”.

Y no lo dije perfecto. No lo expliqué bonito.

No lo entendía del todo. Pero lo dije. Y eso… fue una grieta.

Pequeña, pero suficiente para que entrara algo de aire.


También empecé a salir cuando dejé de exigirme estar bien todo el tiempo. Cuando entendí que sanar no es lineal. Que hay días buenos…

y otros que parecen una recaída.

Y no pasa nada.

Empecé a salir cuando dejé de compararme.

Cuando dejé de mirar a otras madres pensando que todas podían menos yo.

Porque no era verdad. Solo que muchas… también estaban callando.

Empecé a salir cuando me permití sentir sin juzgarme tanto. Cuando entendí que lo que me pasaba no era debilidad.

Era desbordamiento. Era agotamiento.

Era algo que necesitaba cuidado, no presión.

Y sí… también hubo ayuda.


A veces en forma de una conversación. A veces en alguien que simplemente se quedó.

A veces en profesionales.

Porque salir sola… no siempre es posible.

Y no pasa nada por necesitar apoyo.

De hecho, es parte del proceso. No te voy a mentir.

No salí de un día para otro. No hubo un “clic” que lo cambiara todo. Pero poco a poco… empecé a respirar mejor.


A tener momentos de calma. A reconocerme en pequeñas cosas. A sentir que, aunque no estaba bien del todo… ya no estaba en el mismo lugar.

Y eso… ya era avanzar. Porque salir no siempre es volver a ser quien eras.

A veces es reconstruirte. Más consciente.

Más frágil… pero también más real.

Y si estás ahí ahora mismo, pensando que no vas a poder… te entiendo.


Pero de verdad… aunque ahora no lo veas,

aunque ahora no lo sientas, aunque todo pese demasiado… se puede empezar.

No con fuerza. No con claridad. No con certezas.

Sino con algo mucho más sencillo:

no rendirte hoy.

Solo hoy. Pero más peligroso que tenerlos

es vivirlos en silencio.




24/3/26

✨Carta a la versión de mí que pensó que no iba a poder✨


Hola…

Sé que estás cansada.

Más de lo que puedes explicar.

Sé que sonríes por fuera

mientras por dentro todo pesa.

Sé que hay días en los que te preguntas

cuánto más vas a poder aguantar así.

Y también sé algo que no te atreves a decir en voz alta: que a veces no puedes más.


No porque no quieras. No porque no ames.

Sino porque estás agotada por dentro.


Quiero que sepas algo… No estás fallando.

Aunque sientas que no llegas. Aunque te compares.

Aunque te mires y no te reconozcas.

No estás fallando.

Estás sosteniendo mucho más de lo que parece.

Y lo estás haciendo como puedes. Y eso… ya es suficiente.


Sé que te sientes sola.

Que sientes que nadie entiende lo que pasa dentro de ti.Pero no eres la única. Aunque ahora lo parezca. Hay muchas como tú.Callando.

Aguantando. Sintiendo en silencio.

Y ojalá alguien te hubiera dicho antes

que no tenías que poder con todo.

Que pedir ayuda no te hace débil.

Que parar no es rendirse.

Que sentirte así… no te define como madre.


Quiero que te agarres a algo muy pequeño,

porque ahora mismo lo grande pesa demasiado:

esto no va a ser para siempre.

Aunque hoy no veas salida. Aunque hoy todo sea oscuro. Aunque hoy no creas en nada de esto.

No te vas a quedar así.

Vas a volver a respirar sin ese nudo constante.

Vas a tener momentos de calma.

Vas a reconocerte otra vez… poco a poco.


No igual que antes.Pero sí de una forma que también es válida. Más real. Más consciente.

Más tú.

Y un día mirarás atrás y te darás cuenta de algo muy importante: que no te rendiste.

Que incluso rota, incluso perdida, incluso al límite…

te quedaste.

Y eso fue lo que te salvó.


Así que hoy… no te pido que estés bien.

No te pido que sonrías. No te pido que puedas con todo. Solo te pido que te quedes.

Un día más. 🤍










 
 
 

Comentarios


bottom of page